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La Guadalupana


Desde el cielo una hermosa mañana
La Guadalupana
bajo al Tepeyac.

Suplicante juntaba sus manos
y eran mexicanos
su porte y su faz.

Su llegada llenó de alegría
de luz y armonía
todo el Anáhuac.

Junto al monte pasaba Juan Diego
y acercóse luego
al oír cantar.

"Juan Dieguito", la Virgen le dijo
este cerro elijo
para hacer mi altar.

Y en la tilma entre rosas pintada
su imagen amada
se dignó dejar.

Desde entonces para el mexicano
ser guadalupano
es algo esencial.

En sus penas se postra de hinojos
y eleva sus ojos
hacia el Tepeyac.

[Video fragmento]


Nican Mopohua [Martes 12 Diciembre 1531]

   El martes, muy de madrugada, se vino Juan Diego de su casa a Tlatelolco a llamar al sacerdote, y cuando venía llegando al camino que le sale junto a la ladera del cerrillo del Tepeyac, hacia el poniente, por donde tenía su costumbre de pasar, dijo: "Si me voy derecho, no sea que me vaya a ver la Señora, y en todo caso me detenga, para que lleve la señal al prelado, según me previno; que primero nuestra aflicción nos deje y primero llame yo de prisa al sacerdote; el pobre de mi tío lo está ciertamente aguardando". Luego dio vuelta al cerro; subió por entre él y pasó al otro lado, hacia el oriente, para llegar pronto a México y que no le detuviera la Señora del Cielo. Pensó que por donde dio la vuelta, no podía verle la que está mirando bien a todas partes. La vio bajar de la cumbre del cerrillo y que estuvo mirando hacia donde antes el la veía. Salió a su encuentro a un lado del cerro y le dijo: "¿Qué hay, hijo mío el más pequeño?, ¿A dónde vas?" - ¿Se apenó él un poco, o tuvo verguenza, o se asustó?- Se inclinó delante de ella; le saludo, diciendole: "Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, ojalá estés contenta, ¿Cómo has amanecido?, ¿Estás bien de salud, Señora y Niña mía?".

   "Voy a causarte aflicción: sabe, Niña mía, que está muy malo un pobre siervo tuyo, mi tío; le ha dado la peste, y está para morir. Ahora voy presuroso a tu casa de México a llamar uno de los sacerdotes amados de Nuestro Señor, que vaya a confesarle y disponerle; porque desde que nacimos, venimos a aguardar el trabajo de nuestra muerte. Pero si voy a hacerlo, volveré luego otra vez aquí, para ir a llevar tu mensaje, Señora y Niña mía, perdóname; tenme por ahora paciencia; no te engaño, Hija mía la más pequeña; mañana vendré a toda prisa".

   Después de oír la plática de Juan Diego, respondió la piadosísima Virgen: "Oye y ten entendido hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón; no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud?, ¿No estás por ventura en mi regazo?, ¿Qué más has de menester? No te apene ni te inquiete otra cosa, no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella, está seguro de que ya sanó"

   La Señora del cielo le ordenó luego que subiera a la cumbre del cerrillo, donde antes la veía. Le dijo: "Sube, hijo mío el más pequeño, a la cumbre del cerrillo; allí donde me viste y te dí órdenes, hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas, recógelas; en seguida baja y traélas a mi presencia". Al punto subió Juan Diego al cerrillo; y cuando llegó a la cumbre, se asombró mucho de que hubieran brotado tantas variadas exquisitas rosas de Castilla, antes del tiempo en que se dan, porque a la sazón se encrudecía el hielo: estaban muy fragantes y llenas del rocío se la noche, que semejaba perlas preciosas. Luego empezó a cortarlas; las juntó todas y las echó en su regazo. La cumbre del cerrillo no era lugar en que se dieran ningunas flores, porque tenía muchos riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites, y si se solían dar hierbecillas, entonces era el mes de diciembre, en que todo lo come y echa a perder el hielo. Bajó inmediatamente y trajo a la Señora del cielo las diferentes rosas que fue a cortar; la que, así como las vio, las cogió con su mano y otras se las echó en el regazo, diciéndole: "Hijo mío el más pequeño, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al Obispo. Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que el tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador, muy digno de confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo: dirás que te mandé subir a la cumbre del cerrillo que fueras a cortar flores y todo lo que viste y admiraste, para que puedas inducir al prelado a que dé su ayuda, con objeto de que se haga y erija el templo que he pedido".

   Después que la Señora del cielo le dio su consejo, se puso en camino por la calzada que viene derecho a México; ya contento y seguro de salir bien, trayendo con mucho cuidado lo que portaba en su regazo, no fuera que algo se le soltara de las manos, y gozándose en la fragancia de las variadas hermosas flores.

   Al llegar al palacio del Obispo, salieron a su encuentro el mayordomo y otros criados del prelado. Les rogó que le dijeran que deseaba verle, pero ninguno de ellos quiso, haciendo como que no lo oian, sea porque era muy temprano, sea porque ya le conocían, que sólo los molestaba, porque les era importuno; y además ya les habían informado sus compañeros que le perdieron de vista, cuando habían ido en su seguimiento. Largo rato estuvo esperando. Ya que vieron que hacía mucho que estaba allí de pie, cabizbajo, sin hacer nada, por si acaso era llamado; y que al parecer traía algo que portaba en su regazo, se acercaron a él, para ver lo que traía y satisfacerse. Viendo Juan Diego que no les podía ocultar lo que traía, y que por eso le habían de molestar, empujar o aporrear, descubrió un poco que eran flores; y al ver que todas eran diferentes rosas de Castilla, y que no era entonces el tiempo en que se daban, se asombraron muchisimo de ello, lo mismo de que estuvieran muy frescas, tan abiertas, tan fragantes y tan preciosas. Quisieron coger y sacarle algunas; pero no tuvieron suerte las tres veces que se atrevieron a tomarlas; no tuvieron suerte, porque cuando iban a cogerlas, ya no veían verdaderas flores, sino que les parecían pintadas o labradas o cosidas en la manta.

   Fueron luego a decir al Obispo lo que habían visto y que pretendía verle el indito que tantas veces había venido; el cual hacía mucho que por eso aguardaba, queriendo verle. Cayó, al oirlo, el señor Obispo en la cuenta de que aquello era la prueba, para que se certificara y cumpliera lo que solicitaba el indito.

   En seguida mandó que entrara a verle. Luego que entró, se humilló delante de él, así como antes lo hiciera y contó de nuevo todo lo que había visto y admirado y también su mensaje. Dijo: "Señor, hice lo que me ordenaste, que fuera a decir a mi Ama, la Señora del cielo, Santa Maria, preciosa Madre de Dios, que pedías una señal para poder creerme que le has de hacer el templo donde ella te pide que lo erijas; y además le dije que yo te había dado mi palabra de traerte alguna señal y prueba, que me encargaste, de su voluntad. Condescendió a tu recado y acogió benignamente lo que pides, alguna señal y prueba para que se cumpla su voluntad.

   Ella me dijo por qué te las había de entregar; y así lo hago, para que en ella veas la señal que pides y cumplas su voluntad; y también para que aparezca la verdad de mi palabra y de mi mensaje. Helas aquí recíbelas". Desenvolvió luego su blanca manta, pues tenía en su regazo las flores; y así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujo en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen Santa Maria, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyac, que se nombra Guadalupe. Luego que la vio el señor Obispo, él y todos los que allí estaban, se arrodillaron; mucho la admiraron; se levantaron: se entristecieron y acongojaron, mostrando que la contemplaron con el corazón y el pensamiento.


   No bien Juan Diego señalo dónde había mandado la Señora del cielo que se levantara su templo, pidió licencia de irse. Quería ahora ir a su casa a ver a su tío Juan Bernardino; el cual estaba muy grave, cuando le dejó y vino a Tlatelolco a llamar un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, y le dijo la Señora del cielo que ya había sanado. Pero no lo dejaron ir solo, sino que le acompañaron a su casa. Al llegar, vieron a su tío que estaba muy contento y que nada le dolía. Se asombró mucho de que llegara acompañado y muy honrado su sobrino, a quien preguntó la causa de que así lo hiciera y que le honraran mucho. Le respondió su sobrino que, cuando partió a llamar al sacerdote que le confesara y dispusiera, se le apareció en el Tepeyac la Señora del cielo; la que, diciéndole que no se afligiera, que ya su tío estaba bueno, con que mucho se consoló, le despachó a México, a ver al señor Obispo para que edificara una casa en el Tepeyac.

   El señor Obispo trasladó a la Iglesia Mayor la santa imagen de la amada Señora del cielo: la sacó del oratorio de su palacio, donde estaba, para que toda la gente viera y admirara su bendita imagen. La ciudad entera se conmovió: venía a ver y admirar su devota imagen, y a hacerle oración. Mucho le maravillaba que se hubiese aparecido por milagro divino; porque ninguna persona de este mundo pintó su preciosa imagen.

   La manta en que milagrosamente se apareció la imagen de la Señora del cielo, era el abrigo de Juan Diego: ayate un poco tieso y bien tejido.

   Es tan alta la bendita imagen, que empezando en la planta del pie, hasta llegar a la coronilla, tiene seis jemes y uno de mujer. Su hermoso rostro es muy grave y noble, un poco moreno.

   Esta preciosa imagen, con todo lo demás, ya corriendo sobre un ángel, que medianamente acaba en la cintura, en cuanto descubre; y nada de él aparece hacia sus pies, como que está metido en la nube. Acabándose los extremos del ropaje y del velo de la Señora del cielo, que caen muy bien en sus pies, por ambos lados los coge con sus manos el ángel, cuya ropa es de color bermejo, a la que se adhiere un cuello dorado, y cuyas alas desplegadas son de plumas ricas. largas y verdes, y de otras diferentes. La van llevando las manos del ángel, que al parecer, está muy contento de conducir así a la Reina del cielo.


Nican Mopohua [Lunes 11 Diciembre 1531]

Al día siguiente, Lunes, cuando tenía que llevar Juan Diego alguna señal para ser creído, ya no volvió. Porque cuando llegó a su casa, a un tío que tenía, llamado Juan Bernardino, le había dado la enfermedad, y estaba muy grave. Primero fue a llamar a un médico y le auxilió; pero ya no era tiempo, ya estaba muy grave. Por la noche, le rogó su tío que de madrugada saliera y viniera a Tlatelolco a llamar un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, porque estaba muy cierto de que era tiempo de morir y que ya no se levantaría ni sanaría.

Nican Mopohua [Domingo 10 de Diciembre 1531]

   Al día siguiente, Domingo, muy de madrugada, salió de su casa y se vino derecho a Tlatelolco, a instruirse de las cosas divinas y estar presente en la cuenta para ver en seguida al prelado. Casi a las diez, se aprestó, después de que se oyó misa y se hizo la cuenta y se dispersó al gentío. Al punto se fue Juan Diego al palacio del señor obispo. Apenas llegó, hizo todo empeño por verle; otra vez con mucha dificultad le vio; se arrodillo a sus pies, se entristeció y lloró al exponerle el mandato de la Señora del cielo, que ojalá que creyera su mensaje, y la voluntad de la Inmaculada, de erigirle su templo donde manifesto que lo quería.

   Viendo el Obispo que ratificaba todo sin dudar, ni retractar nada, le despidió.

   Mando inmediatamente a unas gentes de su casa, en quienes podía confiar, que le vinieran siguiendo y vigilando mucho a dónde iba y a quién veía y hablaba. Así se hizo, Juan Diego se vino derecho y caminó por la calzada; los que venían tras él, donde pasa la barranca, cerca del puente del Tepeyac, le perdieron; y aunque más buscaron por todas partes, en ninguna le vieron. Así es que regresaron, no solamente porque se fastidiaron, sino también porque les estorbó su intento y les dio enojo. Eso fueron a informar al señor Obispo, inclinandolé a que no le creyera; le dijeron que no más le engañaba; que no más forjaba lo que venía a decir, o que únicamente soñaba lo que decía y pedía; en suma discurrieron que si otra vez volvía , le habían de coger y castigar con dureza, para que nunca más mintiera y engañara.

   Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santisima Virgen, diciéndole la respuesta que traía del señor Obispo; la que oída por la Señora, le dijo: "Bien está hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al Obispo la señal que te ha pedido; con eso te creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará; y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has impendido, ea, vete ahora, que mañana aquí te aguardo"




Nican Mopohua [Sábado 9 de Diciembre 1531]

En orden y concierto se refiere aquí de qué manera apareció poco ha maravillosamente la siempre Virgen María, Madre de Dios, nuestra Reina, en el Tepeyac, que se nombra Guadalupe.

Primero se dejó ver de un pobre indio llamado Juan Diego; y después se apareció su preciosa imagen delante del nuevo obispo don fray Juan de Zumárraga. También (se cuentan) todos los milagros que ha hecho.


   Diez años después de tomada la ciudad de México, se suspendió la guerra y hubo paz en los pueblos, así como empezó a brotar la fe, el conociemiento del verdadero Dios, por quien se vive. A la sazón, en el año  de 1531, a pocos dias del mes de Diciembre, sucedió que habia un pobre indio, de nombre Juan Diego, según se dice, natural de Cuautitlán. Tocante a las cosas espirituales, aún todo pertenecía a Tlatelolco. Era sábado, muy de madrugada, y venía en pos del culto divino y de sus mandatos. Al llegar junto al cerrillo llamado Tepeyac, amanecía; y oyó cantar arriba del cerrillo; semejaba canto de varios pájaros preciosos; callaban a ratos las voces de los cantores; y parecía que el monte les respondía. Su canto, muy suave y delicioso, sobrepujaba al del coyoltototl y del Tzinizcan y de otros pájaros lindos que cantan. Se paró Juan Diego a ver y dijo para si "¿Por ventura soy digno de lo que oigo?, ¿Quizás sueño?, ¿Me levanto de dormir?, ¿Dónde estoy?, ¿Acaso en el paraiso terrenal, que dejaron dicho los viejos nuestros mayores?, ¿Acaso ya en el cielo?" Estaba viendo hacia el oriente, arriba del cerrillo, de donde procedía el precioso canto celestial, y así que cesó repentinamente y se hizo el silencio, oyó que le llamaban de arriba del cerrillo y le decian; "Juanito, Juan Dieguito"

   Luego se atrevió a ir a donde le llamaban; no se sobresaltó un punto; al contrario, muy contento fue subiendo el cerrillo, a ver de dónde le llamaban. Cuando llegó a la cumbre, vio a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara. Llegado a su prescencia se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol, el risco en que posaba su plantam flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas y relumbraba la tierra como el arco iris. Los mezquites, nopales y otras diferentes hierbecillas que allí se suelen dar, parecían de esmeralda, su follaje, finas turquesas, y sus ramas y espinas brillaban como el oro. Se inclinó delante de ella y oyó su palabra, muy blanda y cortés cual de quien atrae y se estima mucho. Ella le dijo "Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿A dónde vas?" El respondió: "Señora y Niña mia, tengo que llegar a tu casa de México Tlatelolco, a seguir las cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de Nuestro Señor" Ella luego le habló y le descubrió su santa voluntad y le dijo: "Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que soy la siempre Virgen Santa Maria, Madre del Verdadero Dios por quien se vive; del Creador que sabe donde está todo; Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa Madre, a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mi confien; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores. Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo: le contarás puntualmente cuanto has visto y admiradom y lo que has oído. [...]

   Luego bajó, para ir a hacer su mandato, y salió a la calzada que viene en línea recta a México.

   Habiendo entrado en la ciudad, sin dilación se fue en derechura al palacio del obispo, que era el prelado que muy poco antes habia venido y se llamaba don fray Juan de Zumárraga, religioso de San Francisco.
   En seguida le dio el recado de la Señora del cielo; y también le dijo cuanto admiró, vio y oyó. Después de oír toda su plática y su recado, pareció no darle crédito; y le respondió: "Otra vez vendrás, hijo mío, y te oiré más despacio; lo veré muy desde el principio y pensaré en la voluntad y deseo con que has venido". Él salio y se vino triste, porque de ninguna manera se realizó su mensaje.

   En el mismo día se volvió; se vino derecho a la cumbre del cerrillo y acertó con la Señora del cielo, que le estaba aguardando, allí mismo donde la vio la vez primera. Al verla, se postró delante de ella y le dijo: "Señora, la más pequeña de mis hijas, Niña mía, fui a donde me enviaste a cumplir tu mandato: aunque con dificultad entré a donde es el asiento del prelado; le vi y expuse tu mensaje, así como me advertiste, me recibió benignamente y me oyó con atención; pero en cuanto me respondió, pareció que no lo tuvo por cierto, me dijo; "Otra vez vendrás; te oiré más despacio: veré muy desde el principio el deseo y voluntad con que has venido"

   "Perdoname que te cause gran pesadumbre y caiga en tu enojo, Señora y Dueña mía".

   Le respondió la Santisima Virgen: "Oye, hijo mío el más pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad. Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo. Dale parte en mi nombre y hazle saber por entero mi voluntad: que tiene que poner por obra el templo que le pido. Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía". Respondió Juan Diego: "Señora y Niña mia, no te cause yo aflicción; de muy buena gana iré a cumplir tu mandato; de ninguna manera dejaré de hacerlo ni tengo por penoso el camino. Iré a hacer tu voluntad; pero acaso no seré oído con agrado; o si fuere oído quizás no se me creerá. Mañana en la tarde, cuando se ponga el sol, vendré a dar razón de tu mensaje con lo que responda el prelado. Ya de ti me despido. Hija mía la más pequeña, mi Niña y Señora. Descanza entre tanto". Luego se fue él a descansar a su casa.







¿Cómo poder Evangelizar?


Carlos I de España y V de Alemania
eligió a fray Juan de Zumarraga como Obispo de México


¿Cómo predicar el Evangelio?
  • A una población diezmada en la conquista
  • A una población sumida en la depresión; cuando sentía que todo su mundo había terminado; se había derrumbado


  • A una población atacada por la viruela, que diezmo aún más a la población indigena
  • A una población con las familias y hogares destrozados por la guerra, la peste y el caos


  • A una población que se daba cuenta que los ciclos de la vida seguian adelante sin la necesidad de sus sacrificios
  • Cuando los indigenas tomaban a lo "nuevo" como signo de mentira

Nuño de Guzmán
"diablo infernal de codicia"
llamado así por fray Juan de Zumárraga



   El Obispo junto a los franciscanos en una procesión solemne se dirijen a rescatar a los españoles capturados por otros españoles.
   Las fuerzas de Delgadillo y Salazar detienen a los franciscanos y los golpean, y Delgadillo con lanza en mano trata de asesinar al Obispo, la lanza pasa por un lado sin dañar el cuerpo de fray Juan de Zumarraga


Fray Juan de Zumarraga ante esta situación dictamina:
  •  la Excomunion a los miembros de la Primera Audiencia
  • y el Entredicho a la Ciudad de México
Se desnudan los altares, se consume el Santisimo y los sacerdotes de México salen de la Ciudad, la Ciudad de México se queda sin Dios.
Todos los Sacerdotes, con el Obispo fray Juan de Zumárraga, se van de la ciudad de México

¿Cómo poder evangelizar a los indigenas que eran testigos de estos enfrentamientos?
¿Cómo anunciarles a los indigenas a ese Cristo lleno de Amor, que dió su vida para salvarnos?


fray Juan de Zumárraga, al final del reporte enviado al rey Carlos, manifestando estas situaciones tan dramaticas y dificiles, sentencia:

"Si Dios no interviene con remedio de su mano, esta la tierra que se pierde totalmente"


Guadalupe ¿Verdad o Mito?



  • La Virgen Maria de Guadalupe en Mexico; no se parece en nada a la Virgen de Guadalupe en Extremadura, España.





  • Los Franciscanos, en un principio, rechazan el culto a la Virgen de Guadalupe.


[Conquista Espiritual] Instrucción Religiosa

La Instruccion religiosa procedia por tres etapas
  • La anterior al Bautismo
  • El Catecismo después del Bautismo
  • La instruccion acerca de los Sacramentos y la Vida Cristiana
La instruccion antes del Bautismo se limitaba a lo escencial de la Fe Catolica: Un Dios Creador del cielo y de la tierra; la Divinidad de Jesucristo; cielo e infierno; la Supremacia del Papa en materias espirituales y la del Emperador en materias temporales.. Ningún adulto era bautizado sin haber recibido la instrucción fundamental. Motolinia decía que tal vez no entendian todo con la cabeza, pero sí con el corazón.

El número de Bautizos crecía enormemente cada año; en 1536 los Franciscanos bautizaban en Tlaxcala de 300 a 500 niños por semana

Fray Martín de Valencia da cuenta al Capitulo General, con fecha 12 de Junio de 1531 de que entre 1524 y 1531 los franciscanos habían bautizado a más de medio millon de indigenas.

Algunas de las ceremonias no escenciales se omitian, tales como la unción con óleo, porque al principio no había aceite en México y los olivos fueron traidos por los españoles. El Bautismo se hacia derramando agua individualmente sobre cada persona, y no por aspersión.


Poco despues de la llegada de los Agustinos, estos establecieron  la costumbre de conferir el bautismo a los adultos únicamente cuatro veces al año, o sea, en NAVIDAD, en PASCUA, en PENTECOSTES, y en la fiesta de SAN AGUSTIN, y celebraban con grandes fiestas esos días.
Las calles eran adornadas con girnaldas y festones de hojas y flores, se hacia venir a los catecumenos de diversos pueblos ataviados con sus mejores ropas, y una vez reunidos, varios sacerdotes celebraban las ceremonias preliminares; después de esto, mientras las campanas echadas a vuelo repicaban alegremente, los iban bautizando de uno en uno en la Pila Bautismal y la música tocaba alegres sones.

Al atardecer habia una danza indigena, como lo acostumbraban; pero ya despojada de su espiritu pagano, y que en vez de representar la actitud de quien trata de aplacar a un vengativo idolo, significaba el agradecimiento por el perdón concedido por un amoroso Padre. El impulso de bailar era de origen pagano, pero el motivo es lo que determina la moralidad de un acto.

Las escuelas de los misioneros formaron catequistas auxiliares de sus trabajos. Cada una de las tres órdenes religiosas (Franciscanos, Dominicos, Agustinos) escribió su catecismo, acomodado al método peculiar de ellas y a las lenguas de sus neófitos.

Para evitar que una idolatria ocupase el lugar de otra, los franciscanos tenian buen cuidado de explicar que el culto de las imágenes no iba dirigido a la pintura o estatua. Ricard cita las palabras del Padre Gilberti O.F.M. explicando esto: "Vosotros no adoráis la imagen, aunque sea el crucifijo o la Virgen María o los santos; porque ésta sólo os trae a la memoria la gran misericordia de Dios. Aunque os arrodilláis delante de un crucifijo, no adorais al crucifijo, que es solamente madera, sino adoráis a Dios, que esta en el cielo"


Sacerdote Católico en el Titanic

Y mientras el barco "Que ni Dios hundiría"" zozobraba en las aguas del Altántico, el sacerdote impartía la confesión y la absolución a la mayor cantidad de personas que fuera posible.

Padre Thomas Roussel Davids Byles

(1870-1912)

El mayor de siete hermanos, hijo de un ministro protestante, se convierte al Catolicismo mientras estudiaba Teología en la Universidad de Oxford.
Es ordenado como Sacerdote en Roma a los 32 años de edad, donde es enviado a la parroquia de Ongar en Essex, Inglaterra

Viaja a Nueva York a bordo del Titanic, como pasajero de Segunda Clase, para oficiar la boda de uno de sus hermanos, William Byles, quien anteriormente se había mudado a Estados Unidos por causa de negocios.

En la mañana del Domingo 14 de Abril de 1912 el Padre Byles ofrecío la Santa Misa para los pasajeros de 2da Clase y después para los pasajeros de 3ra Clase en sus respectivas salas sociales.

Según unos testigos, el Padre Byles estaba paseando por la cubierta con el Breviario Romano en el momento del impacto con el Iceberg.
Después del choque, el Padre Byles actuó valientemente ayudando y guiando a los pasajeros de Tercera Clase hacia la parte superior del barco y también a que fueran subidos en los botes salvavidas, y cuando estos se acabaron, escucho más de un ciento de confesiones impartiendo la absolución.

Por su condición de Sacerdote, los fieles católicos le ofrecieron espacio en los botes salvavidas, pero el rechazo todas las ofertas para que ese lugar fuera ocupado por alguien mas. Permaneciendo y consolando a su rebaño hasta el final. rezando el Rosario y otras oraciones
El cuerpo del Padre Byles, jamás fue recuperado.


Los testimonios acerca del Padre Byles narrados por los sobrevivientes, han sido llevados a la pantalla grande, tanto en la película de 1979 como en la de 1997.